Mi primer móvil
fue un Nokia 3510i, el primer modelo a color que sacaron. Me lo llevaba a
escondidas al colegio. Estaba prohibido. Los recreos eran demasiado largos si
te quedabas a comer en el comedor, así que el juego del snake
te hacía más ameno el tiempo libre. El 11 de marzo nadie jugó con el móvil en
el recreo. Los mensajes volaron y el saldo de los adolescentes se agotó mucho
más rápido de lo normal. Me atrevo a aventurar que todo el mundo, con un
poquito de esfuerzo, consigue acordarse de qué pasos dio aquel día. Yo estaba
en el vestuario. Las baldosas color beige envolvían aquel lúgubre lugar. Fumar
en el vestuario llegaba a ser una aventura que inundaba los diarios de las
niñas por las noches. Ese día el paquete de tabaco tocó fondo, acabó arrugado.
“Mamá, ha habido
un atentado en Atocha ¿Alguien de nuestra familia viajaba en el tren?” Ese fue
el mensaje de texto que le envié a mi madre. Supongo que utilizaría
abreviaturas tipo: “cntxta xfvr” o algo por el estilo. Mensaje totalmente
incomprensible para las madres. Al menos para la mía. Por eso quizá no me
contestó. “Son de otra época”. O eso solía pensar.
El silencio fue
protagonista en aquel recreo. Había mucho de qué hablar y nadie lo hizo.
Callarse era la mejor opción. Quizá por ignorancia. Quizá por no saber qué
decir. Pero nadie dijo nada. Esa tarde no hice los deberes. La televisión
estuvo encendida hasta que llegó la hora de irse a dormir. Esa noche no soñé. Y
si lo hice, no me acuerdo.
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